La puesta en escena remite al teatro musical francés de fines de 1800, pero le suma la proyección de imágenes
Indudable impacto causa esta versión de Carmen , abriendo la temporada lírica porteña en medio de la atonía musical reinante en Buenos Aires, donde las manifestaciones públicas de la música clásica resultan raras y esporádicas. Con renovado interés, al igual que en temporadas anteriores en las que tuvo señalado suceso, el régisseur Eduardo Casullo apela esta vez al prototipo de teatro musical francés de fines del ochocientos, que es Carmen reeditando en la forma, antes que en el modo, las vivas e intensas impresiones que Mérimée dejó de España con su novela y especialmente Bizet con ésta, su inolvidable obra maestra.
Perfecta en sus grandes líneas y, asimismo, en los detalles, la partitura refleja clara y escrupulosamente el espíritu francés del cual los intérpretes no deberían apartarse. Por supuesto, Casullo no pasó por alto el marcado realismo y el poder de seducción de lo primero -un realismo en tránsito hacia el naturalismo, en la época de Mérimée-, la visión a un tiempo del amor pasional y la muerte; el intenso fatalismo que anuda los destinos de don José y de Carmen, con la expresión sensual y cruel que de ella traduce la danza al levantarse el telón.
Un aspecto novedoso de esta versión es la incorporación de imágenes en video como trasfondo de la escena y de la partitura de Bizet, llena de fuego y colorido por demás elocuentes del desarrollo del drama. Las imágenes de Picasso elegidas, aun siendo acertadas, constituyen una imaginería complementaria, y para el espectador en no pocos momentos un mundo paralelo y virtual con escasos y problemáticos puntos de contacto con cuanto sucede en el escenario.
Como resultados positivos de esta versión figuran la participación de los coros, en especial el Nuevo Coro de Opera que dirige Ezequiel Fautario, y del coro de niños confiado a Rosana Bravo. Asimismo, la correcta dirección musical de la Orquesta de Fundamús ejercida por Roberto Luvini, con nervio y ajuste rítmico, con extrovertido brillo en el preludio y los temas subsiguientes, y la orquesta con bellos solos instrumentales durante la representación.
Si bien desparejo, el elenco de voces que animó Carmen tuvo no obstante desempeños sobresalientes como los del tenor Carlos Duarte, cuya brillante línea de canto comunicó en todo momento vitalidad a la acción, convicción y matices emocionales a su don José, cuya fuerza llegó a conmover por su belleza trágica final.
Indudable impacto causa esta versión de Carmen , abriendo la temporada lírica porteña en medio de la atonía musical reinante en Buenos Aires, donde las manifestaciones públicas de la música clásica resultan raras y esporádicas. Con renovado interés, al igual que en temporadas anteriores en las que tuvo señalado suceso, el régisseur Eduardo Casullo apela esta vez al prototipo de teatro musical francés de fines del ochocientos, que es Carmen reeditando en la forma, antes que en el modo, las vivas e intensas impresiones que Mérimée dejó de España con su novela y especialmente Bizet con ésta, su inolvidable obra maestra.
Perfecta en sus grandes líneas y, asimismo, en los detalles, la partitura refleja clara y escrupulosamente el espíritu francés del cual los intérpretes no deberían apartarse. Por supuesto, Casullo no pasó por alto el marcado realismo y el poder de seducción de lo primero -un realismo en tránsito hacia el naturalismo, en la época de Mérimée-, la visión a un tiempo del amor pasional y la muerte; el intenso fatalismo que anuda los destinos de don José y de Carmen, con la expresión sensual y cruel que de ella traduce la danza al levantarse el telón.
Un aspecto novedoso de esta versión es la incorporación de imágenes en video como trasfondo de la escena y de la partitura de Bizet, llena de fuego y colorido por demás elocuentes del desarrollo del drama. Las imágenes de Picasso elegidas, aun siendo acertadas, constituyen una imaginería complementaria, y para el espectador en no pocos momentos un mundo paralelo y virtual con escasos y problemáticos puntos de contacto con cuanto sucede en el escenario.
Como resultados positivos de esta versión figuran la participación de los coros, en especial el Nuevo Coro de Opera que dirige Ezequiel Fautario, y del coro de niños confiado a Rosana Bravo. Asimismo, la correcta dirección musical de la Orquesta de Fundamús ejercida por Roberto Luvini, con nervio y ajuste rítmico, con extrovertido brillo en el preludio y los temas subsiguientes, y la orquesta con bellos solos instrumentales durante la representación.
Si bien desparejo, el elenco de voces que animó Carmen tuvo no obstante desempeños sobresalientes como los del tenor Carlos Duarte, cuya brillante línea de canto comunicó en todo momento vitalidad a la acción, convicción y matices emocionales a su don José, cuya fuerza llegó a conmover por su belleza trágica final.
Mirabelli, en el papel protagónico, inyectó desafiante sensualidad en altas dosis a su personaje y su actuación, así como exhaustivo dramatismo a su voz. Un desempeño destacado tuvo la joven soprano María Rocío Giordano (Micaela), por la pareja emisión y afinación, y su rica expresividad. Luciano Garay (Escamillo), no obstante su corrección escénica, careció de brillo y resultó vocalmente muy desparejo. Asimismo, Di Nardo (Zúñiga) tuvo altibajos notorios de afinación y emisión. Otro tanto ocurrió con Castro Santillán (Morales). En cambio tanto Oriana Favaro (Frasquita), así como María Laura Weiss (Mercedes) exhibieron buenas voces y apreciable desenvoltura escénica. Fueron eficaces Maico Chia-l-hsiao (Remendado) y Hernán Arteaga (Dancairo), y resultó correcto el resto del elenco.
Héctor Coda
LA NACION
Héctor Coda
LA NACION





