
TEATRO COLON
Más allá de la gravedad de la lentitud de las obras, la renuncia, esta vez del director general, las discusiones en torno de la autarquía y los dispersos reclamos de los sindicatos, el Teatro Colón sufre las consecuencias de una falta de definición, producto de la indiferencia o desorientación de los gobernantes.
Si bien es cierto que esa errática política, que tan severamente viene afectando a nuestro Primer Coliseo, es de una data tan larga que excede a la actual administración (que por herencia debió pagar los platos rotos del malogrado Centenario), también es cierto que la realidad se impone de cara al futuro, que ya ha transcurrido un año de este gobierno y que el rumbo debe ser corregido ahora. El Teatro no resiste más improvisaciones ni pasos en falso. Para acertar el camino, lo primero es asumir la trascendencia del tema y esclarecer un proyecto global, pues de poco serviría precipitarse en acallar los síntomas si no hay un claro plan que sustente el rumbo.
Otro asunto importante en medio de la confusión es el de despejar los inconvenientes para poder hallar soluciones. Un gran tema es la obra arquitectónica -el edificio en sí- y la problemática en torno del patrimonio. Para este primer punto, existe una comisión en la Legislatura, presidida por la diputada Teresa de Anchorena (CC), quien ha elaborado un informe y ha pautado los ítems más preocupantes y discutidos (textiles, telón, montacargas, acústica, etc.). Bastaría con lograr un acuerdo en tales puntos -qué y cómo hacer en la restauración-, trazar un cronograma de ejecución para cumplir la promesa de 2010 y, sin más interrupciones, poner manos a la obra.

Otro tema, menos palpable y visible, pero tan fundamental como el anterior (pues en definitiva decide las características de la refacción y uso del teatro), es la reestructuración institucional, la administración y el perfil artístico a largo plazo. Esto requiere, como la gran mayoría de las tan dañadas instituciones de nuestro país, de una revisión seria y profunda.
En cuanto a la dirección y al perfil de un nuevo director caben señalar algunas consideraciones. Como punto de partida, hay que tener presente que en un teatro de ópera, la música es la columna vertebral, el eje en torno del cual gira todo lo demás. El director musical (fuera del general y administrativo que completan la estructura de conducción más frecuente) es, por ende, el alma máter de un teatro de ópera, y el Colón, si pretende una recuperación de aquel brillante espacio que otrora ocupó, no podrá prescindir, como hasta ahora inexplicablemente lo hizo, de un verdadero experto en la materia. Los sucesivos y deplorables experimentos locales ya rindieron sus amargos frutos: a la catástrofe interna se les suman años de una pésima fama internacional. Porque no es verdad, como algunos ingenuos todavía creen, que el Colón goza de su prestigio intacto y que lo más valioso de su acerbo es el personal. Pues la mala noticia es que, si un destello de su renombre fuera de nuestro territorio aun existe, es sólo gracias a su arquitectura, su gloriosa historia y su prodigiosa acústica. Todo lo demás, merece comentarios demoledores.
De modo que, hasta aquí, hemos comprobado que no bastan las buenas intenciones ni un gran amor a la música. Mucho menos la inexperiencia, el voluntarismo y la afición. Ni siquiera alcanza conformarse con un muy buen músico o un pasable director. Menos todavía con punteros políticos novatos, ya que si del Colón hablamos -el mayor ícono cultural de la República Argentina- se necesita alguien en verdad extraordinario, que reúna una preparación específica excepcional, una experiencia de probado liderazgo y un nivel internacional lo más alto posible que -en honor a la vocación con que fue concebida esta sala- posibilite su justa reinserción en el mundo. Para recuperar su imagen -aquella dorada meca de la excelencia que supo ser- el Colón debe reingresar en el circuito internacional. Esto implica, básicamente, contrataciones de primer nivel, es decir: traer a los mejores directores, cantantes y solistas. Estamos a años luz de esa posición, y para regresar es preciso que el próximo director, él mismo, integre la constelación de esa elite.
Los nombres que reúnen ese elevado estándar de preparación, experiencia y nivel son apenas un puñado y la tarea a la que debemos abocarnos es la de convocar a uno de ellos. Lo hizo la Argentina del Centenario -visionaria y expansiva- y el resultado de entonces fue el legado de un impulso fenomenal.
Luego, es esencial pensar que quien asuma debe definir un programa a largo plazo y para ello es menester, como lo hacen los grandes teatros, dar un tiempo prudencial entre la elección del candidato y su asunción al cargo para trazar y presentar su plan (que no es lo mismo que una programación de temporada).
Imprescindible es dotar a esa gestión del poder suficiente para manejar tan compleja estructura. Libertad de acción, presupuesto y respaldo político son los demás ingredientes que no pueden fallar en la receta. También es esencial brindar condiciones de trabajo y remuneraciones óptimas. A partir de eso: aplicar concursos para la selección, renovación y profesionalización de todo el personal y optimizar los recursos al máximo.
Sin un proyecto, sin la gente adecuada y sin un esfuerzo descomunal, el Teatro Colón no sale del abismo de mediocridad en que hoy se encuentra.
No fue mala señal ver a Elisa Carrió, y otros miembros de la Coalición Cívica, realizando un acto vecino al Colón, en el que manifestó su preocupación y se pronunció en favor de la preservación del patrimonio. Prudente, no proclamó una guerra, sino sólo un plazo para tener el tema bajo la mira. Quieran las circunstancias que ese interés no desfallezca ni quede reducido a una recorrida electoral.
Los trabajadores y los delegados sindicalistas que allí se dieron cita no lograron, por su parte, articular un discurso conducente: irrumpieron a los gritos, no presentaron sus nombres al tomar la palabra ni aclararon a qué sector representaban en sus dichos. Tampoco puntualizaron ordenadamente sus reclamos ni dieron pruebas, a juzgar por los modos, de la alta profesionalidad que aducen. Hubo quejas por la supuesta injusticia del desalojo (no se conoce ejemplo de teatro que, habiendo encarado semejante obra, lo haga con 1500 personas dentro); hubo vagas acusaciones de robos y falta de inventarios (un mal que, para ser sinceros, sabemos que ocurre de antaño y que nunca sacudió la desidia como ahora), y hubo argumentos que sonaron politizados. En suma, la oportunidad de esclarecer los problemas para avanzar constructivamente fue malograda.
Sobre esto, vale proponer el paradigma de no trabajar para el fracaso. Las instancias de debate deben ser agotadas en su justo momento para no empantanarnos en el conflicto permanente, el desgaste del replanteo, la inacción y la obstrucción.
Los acuerdos, cuando son alcanzados sobre la base del consenso, deben respetarse y cumplirse. Por algo hemos optado por vivir en un sistema con representantes que deliberan en nuestro nombre.
Sin esa mínima, pero esencial pauta de convivencia no hay recuperación posible.
La autora es licenciada en Arte
Cecilia Scalisi Para LA NACION