
Es que músicos y coreutas dieron lo mejor de sí para servir con honestidad al director de orquesta Nir Kabaretti, conocido en Buenos Aires por haber dirigido la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires el año pasado y en 2006, en fugaces visitas como la de esta oportunidad. Esta vez, sumando el enorme riesgo de ofrecer una de las obras más emblemáticas de Beethoven, que por esa misma razón incita a una inevitable comparación con algunas de las versiones que se guardan en la memoria.
Prolija y acertada

La versión del maestro israelí resultó sobria, prolija en todo su desarrollo y acertada en los criterios rítmicos, pero dejó un tanto en segundo plano la materialización de dinámicas y variables en las intensidades, como si hubiera querido evitar sonidos mucho más tenues y diferentes gamas de sonoridades. Esto no se contagió al coro, acaso por la meticulosidad y exigencia de su director, Salvatore Caputo, en los ensayos de la agrupación, que logró pasajes de matizada delicadeza y otros de exuberante expansión.
Las voces solistas, como no podía ser de otro modo cuando se trata de cantantes prestigiosos, se escucharon en muy buen nivel: la soprano Mónica Philibert lució impecable entonación y cristalina voz; la mezzosoprano Mónica Sardi destacó sobriedad y aplomo en el canto; el tenor Fernando Chalabe, en cabal prueba de solvencia en el fraseo con matizado color de timbre, y el barítono Leonardo Estévez, con canto expresivo y desplante en la emisión de la parte vocal más comprometida de la obra.
De todos modos, mas allá de la seriedad de la versión ofrecida y de la buena pronunciación del idioma alemán logrado con la ayuda de la instructora idiomática Rosmarie Klinghenhagen, se reiteró la realidad de un aspecto que merece destacarse por la contundencia de su virtud. Aquí se volvió a escuchar la calidad y amalgama de un sonido distinguido e inconfundible, el de los cuerpos estables del Teatro Colón, producto de una selección rigurosa a la hora de cubrir vacantes y, lógicamente, por haber realizado, pese al momento que se vive sin las salas habituales para ensayos, un trabajo de preparación eficiente.
El público, que en definitiva es el que da el justo veredicto, brindó una vibrante, prolongada y cálida ovación.
Juan Carlos Montero
FUENTE: DIARIO LA NACION




